“España prevé que cerca de 1.000 empresas trabajarán en el sector de los drones”

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El ensayo ‘Drones. La muerte por control remoto’ el periodista Roberto Montoya desgrana la cruda realidad sobre el uso militar que algunos países dan a los drones.

Camiones militares sin conductor, soldados robot todoterreno con sensores, arañas espía y aviones no tripulados que se manejan con un joystick a miles de kilómetros de distancia. Bien podrían ser los componentes de un videojuego. Pero nada más lejos de la realidad. La guerra robótica ya está aquí.

Roberto Montoya, periodista especializado en política internacional y ex corresponsal en Londres, París y Roma, reflexiona sobre esta inquietante realidad en su exhaustivo relato Drones. La muerte por control remoto, parte de la colección A Fondo que edita Akal.

Con una batería de datos, referencias audiovisuales, el contexto y los antecedentes necesarios, Montoya entrega al lector un riguroso texto sobre el lado más crudo de un tema de candente actualidad.

Como tantos otros inventos militares, los drones también han sido adaptados con fines de negocio y recibidos con clamor por el público de masas. Los consumidores de a pie pueden hacerse con su propio drone a partir de 70 euros. Los objetivos de uso son meramente lúdicos.

Pero algunas empresas ya están proyectando usar los dispositivos con otros fines. Facebook quiere utilizarlos para llevar internet a los rincones más aislados del planeta. La empresa senseFly los ha empleado para misiones humanitarias. Y recientemente Amazon dio el bombazo al sugerir que planteaba utilizarlos para optimizar los tiempos de entrega de sus envíos.

En una entrevista concedida a Silicon News, Montoya desgrana la verdad sobre el lado más desconocido de los aviones no tripulados y sobre el uso militar que muchos países están haciendo de los drones y de sus terribles consecuencias.

– ¿Cuántos civiles están matando los aviones no tripulados en la actualidad?

La cifra va en aumento, cada vez se usan los drones armados con misiles en más países. Operan en Pakistán en primer lugar, donde han provocado el mayor número de muertos, unos 2.700 en cinco años, pero también se usan en Yemen, Somalia, Nigeria, Afganistán, Irak y otros país. Durante los ocho años de Administración Bush hubo solo 48 ataques con drones, que provocaron decenas de muertos, pero al llegar al poder en 2009 Barack Obama los convirtió en el arma estrella. Solo tres días después de ser nombrado presidente ordenaba el primer ataque en Yemen y cuando recibió el Premio Nobel de la Paz once meses después ya ha había ordenado más ataques y provocados más muertes que en toda la era Bush. En cinco años ya van 390 ataques con drones que han dejado un saldo de cerca de 5.000 muertos, al menos una quinta parte de ellos civiles.

– ¿Qué gobierno es el pionero el desarrollo y uso de drones? ¿Desde cuándo podemos hablar del uso de aviones no tripulados con fines bélicos?

Desde la misma Guerra de Secesión, entre 1861 y 1865, EEUU estuvo obsesionado por conseguir un arma área letal no tripulada, que en aquel momento se intentó a través de un globo aeroestático cargado de explosivos. Se ha recorrido mucho camino desde entonces, pero el drone armado con misiles tal como lo conocemos hoy día, no simplemente de vigilancia, sino con capacidad para disparar misiles contra una o más personas, un vehículo en movimiento o un edificio, ha sido desarrollado originalmente por EEUU e Israel. EEUU ensayó sus primeros drones armados tras el 11-S, a partir de la guerra de Afganistán que se inició en octubre de 2001. Y en Noviembre de 2002 se registra en Yemen la primera ejecución extrajudicial cometida por EEUU con un drone Predator.

– ¿Qué motivo es el que más seduce a un país a la hora de usar estos dispositivos?

Obama ha visto en el drone el arma perfecta, no se arriesgan tropas propias, porque los pilotos de esos aviones no tripulados pueden estar sentados cómodamente en un sillón en una base de EEUU a 10.000 kilómetros del objetivo a abatir; el drone al no tener tripulantes es incansable, no hay riesgo de que lo derriben y capturen al piloto, sus ‘ojos’ sus sensores infrarrojos, son capaces de ver a través de la lluvia, las nubes. Son más baratos que los cazabombarderos tradicionales, formar a un piloto de drone es más barato que a un piloto convencional. La población de EEUU no ve volver a sus soldados mutilados o dentro de una bolsa de plástico negra y como ni la CIA ni el Pentágono informan de los ataques, el grueso de los estadounidenses ni se entera del drama que provocan entre la población civil de los países atacados.

– ¿Se pueden usar para una buena causa, véanse misiones humanitarias?

Por supuesto, y es esa cara ‘amable’ de los drones, su uso civil, el que está tapando la otra cara, la letal, la de las ejecuciones extrajudiciales de tanta gente. Claro que se pueden usar para controles muy importantes del medio ambiente, de incendios, tsunamis, para obtener datos climatológicos, para seguir de cerca grandes migraciones de animales, o de personas, para ayudar a rescatar a inmigrantes a la deriva en el mar, para un sinfin de funciones. Empresas como Amazon han pedido autorización para entregar paquetes a domicilio con pequeños drones. Veremos un verdadero ‘boom’ de los drones en pocos años. España prevé que cerca de 1.000 empresas trabajarán en el sector y que seran necesarios entre 10.000 y 15.000 pilotos de drones.

– Como cualquier dispositivo conectado a la red un drone es susceptible de ser hackeado. En el nuevo mundo conectado la tecnología mortífera puede volverse en contra de quienes la han creado y además pueden ser un grupo de ciudadanos avisparos o un ex agente anfadado los capaces de hackear un drone y poner en cuestión la estrategia bélica de un país. Coincidrá conmigo en que es un tema espinoso.

Por supuesto, lo digo en el libro. Irán llegó a hackear los mandos de un drone que había penetrado en su espacio aéreo procedente de Afganistán y lo hizo aterrizar. De esa manera pudo analizarlo a fondo y hoy lo luce en un museo en Teherán. Hace algún tiempo un pequeño drone se estrelló contra un edifico alto, acristalado, en pleno centro de Manhatan, haciendo saltar las alarmas. En la medida en que todavía no está regulado el uso ni siquiera de los drones civiles -Europa proyecta hacerlo en 2016- qué duda cabe que una organización terrorista con no excesiva capacidad tecnológica podría adosar explosivos plásticos a pequeños drones y estrellar cien de ellos simultáneamente contra edificios o instalaciones emblemáticas de EEUU o de cualquier país. El peligro existe, claro que existe y EEUU lo sabe e intenta dotarse de herramientas defensivas para poder evitarlo.

“Suena a ciencia ficción, al mundo de los videojuegos pero ya es una parte de la realidad”

 

– Siempre que hablamos de ciberguerra lo hacemos pensando que erá a través de poderosos virus capaces de manipular infraestructuras críticas al estilo Stuxnet y las plantas nucleares iraníes. Pero en el libro habla de una guerra robótica, de ejércitos formados por robots y drones. Suena a Ciencia Ficción. ¿Cuánto queda para esto?

Esto no es un ensayo sensacionalista sino una investigación periodística, basada en documentos oficiales, testimonios, documentales rigurosos y aporto los links a todos ellos para que el lector interesado pueda seguir trabajando sobre ello. Suena a ciencia ficción, al mundo de los videojuegos pero ya es una parte de la realidad. En los vídeos que presento, en algunos casos de los propios fabricantes de los robots, en otros vídeos oficiales de las fuerzas armadas estadounidenses o de otros países, opiniones de expertos militares reputados, ruedas de prensa de altos mandos militares, se pueden comprobar los avances habidos en esta materia.

Así podemos ver cómo los drones son la punta del iceberg, pero que ya se prueba con camiones militares sin conductor para atravesar zonas peligrosas, de soldados robot todoterreno dotados de sensores y eficaces armas para penetrar en bosques y zonas peligrosas y abatir a todo enemigo con el que se encuentre en el camino, falsas grandes arañas espía, drones en forma de pájaros capaces de posarse junto a aves reales en un cable de la luz, vigilar una casa e incluso penetrar en ella y estrellarse contra una o más personas haciendo estallar su carga explosiva. Y estos prototipos ya se empiezan a utilizar en los escenarios de guerra, mezclados con los soldados de guerra convencionales y cada vez los reemplazarán más.

– ¿Qué ocurrirá con la poderosa industria armamentística, evolucionará? ¿O veremos a grandes empresas tecnológicas que acumulan grandes carteras de patentes desarrollando robots soldado y convirtiéndose en los nuevos señores de la guerra?

No creo que veamos grandes cambios en cuanto a la estructura y distribución del jugoso ‘botín’ a repartir en esta industria tan poderosa. El ‘lobby’ industrial armamentística está siempre en constante movimiento, readaptándose a las nuevas necesidades, a los nuevos enemigos de quienes les compran las armas. Muchas de las grandes compañías aeronáuticas de gran presencia en el terreno civil y comercial tienen sus ramas dedicadas también a la industria militar, tienen capacidad para invertir en investigación, para presentar prototipos al Pentágono o a las fuerzas armadas de países como Reino Unido o Francia tan involucrados en conflictos bélicos, o a la propia OTAN. Y suelen ser los grandes en ese terreno los que están también detrás de la fabricación de drones cada vez más potentes, más autónomos, más mortíferos, como lo están detrás de las bombas pseudo inteligentes o los robots más variados.

Y en ese mercado, qué duda cabe, las cifras de los contratos son multimillonarias, es mucho lo que está en juego, por lo que la labor de los ‘lobbies’ es clave y deja en papel mojado el eslogan de “la libre competencia”. Es una guerra sin cuartel.

– El libro habla también de un interesante fenómeno: el cambio de relación de la gente con la guerra debido a la posibilidad de grabar actuaciones militares. ¿Considera que es este el cambio más peligroso que cabe esperarse de la revolución digital? ¿Se convertirá la guerra en un tipo de ocio consumible?

Es la frivolización de la guerra, es ver la guerra como un juego, como algo virtual, no como una acción que provoca muerte, sufrimiento, desolación. En el libro reproduzco el testimonio de algunos jóvenes pilotos de drones eufóricos por el poder que le da su ‘Play Station’ letal. Verse con el poder de vigilar durante días todos los movimientos de una persona gracias a los ojos de un drone y a través de varios monitores, y apretar el botón del Joystick para ordenarle que dispare sus misiles, supone para algunos pilotos un subidón de adrenalina, se sienten seres poderosos.

Y esto sucede en una jornada de ocho a dos de la tarde, luego el piloto cierra la puerta de la sala desde donde opera en una base de EEUU, a miles de kilómetros de distancia de la o las personas a las que acaba de asesinar; va a recoger a sus niños al cole y se los lleva a comer una hamburguesa. Al día siguiente seguirá con su juego. Si eso hacen los propios militares que aprietan el gatillo letal, ¿cómo nos va a extrañar que cualquier joven, o no joven, que ve grabaciones de enfrentamientos bélicos, se excite viendo esas imágenes? Es un gran engaño, una forma de hacernos sentir que la guerra no es tan terrible. En definitiva, las personas que vemos estallar en pedazos en el monitor no nos salpican con su sangre, y eso es lo que importa.

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