A fondo: El fraude que aqueja al reciclaje de basura tecnológica

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La muerte prematura que reciben dispositivos como smartphones y ordenadores portátiles, entre otros aparatos, y una irresponsable gestión de sus componentes están convirtiendo el planeta en un cementerio de chatarra electrónica.

La revolución tecnológica ha cimentado una sociedad más eficiente, donde los tiempos de producción se acortan, las acciones se automatizan, la toma de decisiones confía en el cruce masivo de datos y la gente puede colaborar sin que todos los miembros de un equipo estén presentes a la vez en el mismo sitio. Pero también ha ido creando generaciones cada vez más dependientes de los aparatos que utilizan la electricidad, y mucho más contaminantes que en el pasado. Una oficina hoy en día no se entiende sin ordenadores, ya sean de sobremesa o portátiles. Sin teclados desperdigados de un lado a otro de sus instalaciones. Sin monitores. Sin equipos de impresión o multifunción. Ni tampoco sin teléfonos que suenan en mesas y bolsillos con regularidad. Esta situación se expande a otros ámbitos. Una oficina sin computadoras es tan rara como una cocina que prescinde de frigorífico, horno, microondas, lavavajillas, cafetera o tostadora. Otro ejemplo claro es el del hospital desprovisto de material para temas como la radioterapia, la diálisis, la medicina nuclear o la realización de diagnósticos in vitro, ya que vería mermada su eficiencia.

El caso es que todos estos aparatos, y otros muchos realmente dispares que caracterizan al estilo de vida moderno como los televisores, las radios, las videoconsolas, las calculadoras, las lavadoras, las estufas, los dispositivos de aire acondicionado, los termostatos, los detectores de humo, las planchas, los secadores de pelo, las máquinas de afeitar, las aspiradoras, las balanzas, los contestadores automáticos, las máquinas tragaperras, las máquinas expendedoras, las lámparas fluorescentes, herramientas eléctricas del estilo de taladradoras o máquinas de coser, aparatos para cepillarse los dientes, ciertos instrumentos musicales, algunos juguetes, relojes y un larguísimo etcétera, no duran eternamente. Así que su consumo masivo está provocando también una generación de residuos a lo grande. Es lo que se conoce como RAEE, esto es, residuos de aparatos eléctricos y electrónicos.

Juntamos unos “50 millones de toneladas de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos en todo el mundo” cada año, “con una tasa de crecimiento anual entre el 4 y el 5 %”, calcula Thibaud de Larauze, CEO del mercado especializado en la compraventa online de productos reacondicionados Back Market con quien ha hablado Silicon.es y que pone dimensiones a esta problemática. Los números que ofrece De Larauze son los mismos que maneja la Organización de las Naciones Unidas y revelan que “la producción de estos residuos electrónicos hoy en día crece tres veces más rápido que la media de los residuos urbanos”. Así lo advierte también la organización ecologista Greenpeace, que ayuda a visualizar esta montaña de deshechos expresando que ocuparían todos los vagones de un tren que diese la vuelta entera al planeta. “De los residuos sólidos urbanos, la fracción de los residuos electrónicos es, sin duda, la que crece con mayor rapidez. Esto se debe en gran medida a que en los últimos años se está cambiando con mayor frecuencia de teléfono móvil, ordenador, impresora, equipo de sonido” y demás, como apunta la ONG ambientalista en el marco de una de sus campañas sobre contaminación. Sobre todo de móvil y de ordenador.

Ésa es la fotografía a nivel general. Si concretamos, descubrimos que en España el problema de e-waste se agrava. “Según la Universidad de Naciones Unidas y Eurostat”, cita Thibaud de Larauze, “en España se calcula que el volumen de basura electrónica crece un 20 % cada año”. Aquí se estarían produciendo unas 817.000 toneladas de desperdicios o 17,7 kilogramos por habitante, solamente a nivel doméstico. La media en Europa, donde 1 de cada 2 aparatos que acaban en la basura electrónica se cataloga como de pequeño tamaño, baja hasta los 15,6 kilos por ciudadano. Mientras, la media mundial no llega a los 6 kilos, de acuerdo con los datos que se tienen de 2014 y que nos aporta De Larauze. La situación se complica al analizar las prácticas de reciclaje. Y es que nuestro país sólo está reciclando una cuarta parte de los aparatos electrónicos que dejan de utilizarse, frente al 35 % que procesan de media los países del entorno más próximo. A pesar de que el consumo de este tipo de productos por parte de los españoles se ha triplicado en los últimos tres años, el nivel de reciclaje no acompaña. Todo lo contrario: ha caído a la mitad.

Lo que en teoría tiene que suceder

La ley es clara acerca de lo que se debe hacer con los dispositivos que ya han terminado su vida útil, o lo que se podría hacer con aquellos otros que aún funcionan pero son reemplazados por modelos más recientes y acaban desechados por sus dueños. Además, lleva años vigente. Fue “en el año 2005” cuando “se fijó el requisito para la venta de aparatos eléctricos en los estados miembros de la UE”, recuerda el CEO de Back Market. “La directiva WEEE”, en inglés (o RAEE, en español), “obliga a los fabricantes, vendedores mayoristas y minoristas y distribuidores de aparatos eléctricos y electrónicos”, lo que se conoce como AEE, “a recuperar y reciclar los aparatos al final de su vida útil”. Por su parte, el Gobierno español “ya introdujo cambios en la ley sobre el tratamiento de los RAEE en febrero del año pasado, con el objetivo de fomentar la reutilización y el reacondicionamiento de los productos tecnológicos frente a los procesos de reciclaje y alargar la vida útil de estos dispositivos”.

Esto es una buena noticia, a ojos de De Larauze, ya que el reciclaje “es primordial” pero el reacondicionamiento se antoja más ecológico y menos costoso, según defiende su compañía. Así, “siempre que sea posible la reparación y volver a poner un producto en el mercado será siempre mejor solución”. Si el mercado acaba evolucionando tal y como se ha regulado, a partir del año que viene las empresas que fabrican tecnología comenzarán a reutilizar hasta un 3 % de los productos informáticos y de los pequeños electrodomésticos que desarrollan y también un 2 % de los aparatos eléctricos más grandes. Todo esto quiere decir que la marca que da vida a un dispositivo, después está obligada a hacerse cargo de él. “Los fabricantes tienen la obligación de recuperar los aparatos”, insiste el experto con el que ha contactado Silicon.es, “aunque en la práctica, muy pocos siguen los procesos adecuados para hacerlo”, lamenta.

Al final se está cayendo en un fraude que afecta al correcto reciclaje de la basura electrónica. El consumidor, como comunicaban recientemente, “termina pagando por un servicio que no recibe y los fabricantes acaban percibiendo indebidamente un dinero para la gestión de los RAEE”. En concreto, cada español paga en sus compras tecnológicas de 5 a 30 euros para su correcta gestión futura, cuando se conviertan en residuos. En vez de utilizarse todo ese dinero en consecuencia, justo para aquello para lo que fue recaudado en su origen, se estima que ocurre sólo con el 20 % de dicho gasto. Lo estima la propia Comisión Europea. Es más, desde Back Market enfatizan que España es el país europeo en el que se está cometiendo más fraude en el tratamiento de la chatarra electrónica. “Tanto los fabricantes como los vendedores deben hacer un gran esfuerzo para corregir esto”, incita ahora Thibaud de Larauze.

“Algunas empresas están intentado fabricar teléfonos móviles pensando en alargar la vida útil de los dispositivos lo máximo posible”, sin embargo, “lo ideal sería que se pudiesen reparar todas las piezas de cada teléfono y, hoy en día, se siguen fabricando teléfonos a los que no se les puede cambiar la batería”, observa De Larauze. Queda todo un replanteamiento por hacer. En el caso de los consumidores, éstos “son cada vez más conscientes de la importancia de la recuperación de los dispositivos electrónicos, aunque hay que seguir dándolo a conocer”, opina este directivo en declaraciones a Silicon.es. De hecho, en estos momentos “cambiamos de teléfono móvil de media cada 18 meses”. Con menos de 50 millones de españoles y más de 50 millones de líneas móviles, según las estadísticas de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, es fácil comprender por qué se está llegando a un punto en el que la mera existencia de aparatos eléctricos y electrónicos es un gran quebradero de cabeza. No sólo a nivel internacional, sino nacional.

Lo que está pasando en la práctica

Si no acaban reciclados, o tratados por los fabricantes de la manera prevista, ¿qué ocurre con la basura de la era digital? “Hoy en día, muchos de los residuos electrónicos duermen en nuestros cajones”, responde el máximo responsable del mercado de productos reacondicionados al que hemos consultado. Pero, obviamente, ése no es su único destino. Hay una gran cantidad de dispositivos que acaba tirada en cualquier parte, y hasta despedazada. “La mayoría de estos residuos se gestionan de manera irregular”, son “abandonados en vertederos” o bien “exportados ilegalmente a otros países para extraer y vender el material valioso que contienen”. El peligro es que, al procederse de esta manera, no se llevan a cabo las medidas de seguridad que cabría esperar para el tratamiento de los desperdicios electrónicos. “En la UE, 0,7 millones de toneladas de estos residuos terminan en cubos de basura, contaminando nuestro aire y llenando vertederos ilegales. Estos residuos tratados irregularmente representan en España 45.000 toneladas al año”, nos cuenta De Larauze.

En contacto directo con la naturaleza, todas esas toneladas pueden causar estragos en el suelo y en el agua. Si se queman, emitirán gases dañinos. Los materiales empleados para fabricar dispositivos y máquinas no son biodegradables, así que los efectos de desprendernos de ellos como si fuesen un deshecho más nos perseguirán durante años. “La contaminación es la principal consecuencia. La basura electrónica que termina en vertederos emite gases de efecto invernadero a la atmósfera y contamina el suelo mediante metales y productos tóxicos”, concreta Thibaud de Larauze cuando hay que identificar los males. Un teléfono de los de uso cotidiano, como bien han explicado desde Back Market en alguna ocasión, está hecho a base de muchos elementos, incluyendo algunos tan tóxicos como el arsénico, el mercurio, el plomo o el zinc. Una parte crucial es la batería. Un única batería de un smartphone sería capaz de estragar la friolera de 600.000 litros de agua, lo mismo que consumen todos los hogares españoles al cabo del día.

Sin llegar a este punto, antes de poner en riesgo el medio ambiente y nuestra salud por una mala gestión de los residuos, también se pueden registrar consecuencias nocivas. Por ejemplo, durante el mismo momento de fabricación. Quizás por una exposición de los trabajadores a sustancias poco recomendables. O por los vicios de diseño y montaje que se han ido instaurando. Incluso por el tipo de aparato que se produce. El riesgo está ahí. “Según un estudio de la Universidad de Surrey sobre el verdadero impacto medioambiental de los smartphones“, ejemplifica nuestro entrevistado, “el iPhone es el teléfono más contaminante en la fase de fabricación. El 80 % de la huella de carbono que emite el iPhone 7 se da durante el proceso de producción”. Otros números de la firma de Thibaud de Larauze dicen que la fabricación de cada nuevo smartphone, en general, emite 30 kilogramos de CO2 a la atmósfera. La compra de teléfonos inteligentes por parte de los españoles arroja nada menos que 600.000 toneladas de CO2 al año.

¿Hay esperanza?

“Para hacer frente a este problema, todos tenemos que cambiar nuestros hábitos de consumo de manera individual. Somos víctimas de la obsolescencia programada y necesitamos ser conscientes de ello”, apunta el director ejecutivo de Back Market. Aparte, “los fabricantes deben cambiar su forma de fabricar los dispositivos, alargando el ciclo de vida de sus productos para que duren más tiempo”. La acumulación de ingentes cantidades de chatarra electrónica se podría paliar asimismo a través de la búsqueda de materiales alternativos, más seguros o más sencillos de asimilar y reaprovechar, sin químicos altamente contaminantes. Hay que abrir los ojos “al consumidor sobre los graves problemas medioambientales y de salud para las personas que supone la compra de nuevos dispositivos electrónicos”. Hay que “dar a conocer los beneficios de alternativas como los productos reacondicionados, que cuentan con la calidad y la garantía de los dispositivos nuevos pero a un precio inferior”, indica Thibaud de Larauze, que invita a que “la gente se lo piense dos veces antes de comprar un dispositivo nuevo”.

No en vano, “todos somos víctimas de la basura electrónica desde diferentes perspectivas”. Con el diseño, con la fabricación o con la famosa obsolescencia programada. “Aunque también podemos responsabilizarnos de manera individual de este problema”, dice este experto. Y es que, para su empresa, “la responsabilidad en la gestión de este tipo de residuos es compartida. Por un lado, la Administración debe legislar para controlar el volumen de residuos que se generan y aumentar las medidas de control. Por otro, los consumidores deben concienciarse de los graves problemas que supone este aumento de la basura electrónica”. Las pautas a seguir, tanto por usuario de a pie como por empresas, para gestionar estos residuos arrancan con el intento de “alargar la vida útil lo máximo posible”. A continuación, conviene valorar si se puede reaprovechar o no el gadget, ya que hay tiendas “que compran estos viejos aparatos, los reparan y los ponen de nuevo en venta”, comenta De Larauze. Se trata de apostar por la “economía circular”.

Ya en último lugar, estaría la vía del reciclaje. Esto “se debe considerar como última opción ya que el 80 % de la contaminación que genera un teléfono”, su huella de carbono, “se produce durante el proceso de producción”, aclara este profesional, que añade que “las empresas tienen la obligación legal de encargarse de la gestión de los RAEE”. Para ello pueden revender “ellas mismas sus productos” o tramitarlo “a través de otras empresas. Pero la lógica es la misma: primero intentar reparar y reutilizar los productos y después la opción de reciclar”. El mensaje está claro pero… ¿calará entre los ávidos consumidores de tecnología? ¿Es posible ralentizar la creación de residuos electrónicos? Hoy por hoy la cosa no pinta demasiado bien. “Las predicciones son bastante malas. Sin duda, los residuos electrónicos van a seguir creciendo durante los próximos años”, nos transmite De Larauze, si bien “la sociedad es cada vez más consciente de este problema”. Él considera que, recibiendo el tratamiento correcto, “se podría reutilizar entre el 70% y el 90% de los residuos electrónicos que generamos”. Y esa sería la parte positiva a la que agarrarse.

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