Tierras raras: el oro del siglo XXI

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En un escenario en el que China produce el 97% de estos elementos presentes en todo tipo de dispositivos tecnológicos, el mundo se debate entre reciclar, producir, o depender.

Nadie sabe muy bien cómo se ha llegado a esto, pero la situación es alarmante: en un mundo cada vez más dependiente y con más demanda de nuevas tecnologías, China acapara el 97% de la producción mundial de tierras raras. Quien sepa qué son las “tierras raras” ya estará temblando. Quien no lo sepa lo hará al final de este reportaje.

Las preguntas se acumulan. ¿Qué son las tierras raras y por qué son tan importantes? Si son tan importantes, ¿por qué el mundo ha decidido depender por completo de China? ¿Existe alguna solución, algún camino que seguir para salir más o menos bien parados de este embrollo?

¿Qué son las tierras raras?

La primera pregunta tiene fácil respuesta. Una pequeña incursión en Google y la Wikipedia saciará la curiosidad de cualquier persona interesada: las tierras raras son 17 elementos, óxidos e hidróxidos reunidos en el bloque f de la tabla periódica, entre los que se encuentran el lantano o el itrio. Su importancia (la segunda pregunta) radica en que actualmente están presentes en la mayor parte de dispositivos electrónicos avanzados: smartphones, ordenadores portátiles, tablets, pantallas táctiles, pantallas LED; pero también coches eléctricos o aerogeneradores. Todos esos gadgets representantes del futuro funcionan gracias a las tierras raras.

Aquí surge una nueva pregunta. Si esos elementos son tan raros, ¿por qué están siendo utilizados para aparatos cuya demanda se espera que crezca de forma exponencial? La respuesta también es sencilla en este caso: las tierras raras se llaman así más por las dificultades que encontraban los primeros geólogos para extraerlas y aislarlas de los minerales en los que estaban que por una escasez real. Las tierras raras son más bien abundantes, por lo que el mundo no debería temer su agotamiento a corto ni medio plazo: hay suficiente para abastecer toda esa demanda.

¿Por qué solo se producen en China?

Ahora que las cosas van tomando forma, ahora que está claro qué son las tierras raras y cuál es su importancia real, las miradas se dirigen de forma inevitable hacia China. ¿Por qué este país tiene el 97% de la producción mundial? Es cierto que su territorio cuenta con importantes yacimientos de estos elementos, pero suponen tan solo el 30% de las tierras raras del mundo. ¿Por qué nadie más se dedica a extraerlos?

Otra respuesta sencilla: la explotación de los yacimientos de tierras raras requiere (o requería cuando se empezó a hacer de forma seria), para ser económicamente rentable, una mano de obra muy barata, y además se trata de un proceso bastante contaminante. Hubo minas de tierras raras en otros países (Estados Unidos y Australia tuvieron las suyas), pero conforme los trabajadores fueron ganando derechos y las normas medioambientales se fueron endureciendo, se fue optando por su cierre. Importar desde China, al fin y al cabo, era barato.

La situación, ahora que Occidente se empieza a dar cuenta, está ya en un punto bastante crítico: las tierras raras se han empezado a utilizar para (casi) todo, y China controla la producción mundial. Con la sartén por el mango, el país ya ha empezado a utilizar su poder: el pasado mes de septiembre, cuando China y Japón se vieron envueltos en un conflicto diplomático por la detención de unos pescadores chinos, el gigante asiático bloqueó la exportación de las tierras raras a los nipones. Estos, por supuesto, cedieron rápidamente en todo. Tras ser denunciada la situación por los japoneses, China ha prometido no volver a utilizar esto como “arma política”, pero nadie se acaba de fiar. Además, han decidido reducir sus exportaciones un 35%, lo que ya tiene temblando a toda la industria tecnológica mundial.

Las opciones de futuro: producir o reciclar (o seguir dependiendo)

Llegados a este punto, serán pocos los que no miren a sus gadgets preferidos con otros ojos. Y la nueva pregunta, la gran pregunta, es más difícil de responder: ¿existe alguna opción de futuro alternativa a dejar que China continúe controlando el mercado? Los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea ya se lo han preguntado (ahora que también ellos se han dado cuenta de la situación), y han perfilado dos salidas: reciclar las tierras raras o volver a producirlas.

Por supuesto, ninguna de las dos salidas es fácil ni rápida ni demasiado factible. El reciclaje es complicado: los dispositivos que incorporan tierras raras no han sido diseñados para su reciclaje, por lo que extraer los elementos se perfila como una tarea muy difícil, además de cara. La Unión Europea ha dicho con la boca pequeña que estaría bien hacerlo, para alargar la duración de los yacimientos y depender menos de otros (es decir, de China), pero lo cierto es que una planta de reciclaje de tierras raras es mucho más costosa que una planta de producción.

¿Es volver a explotar las tierras raras propias entonces la respuesta? Tampoco: aunque Estados Unidos se está planteando reabrir sus minas, las repercusiones medioambientales son bastante negativas y, desde luego, en contra de la legislación actual de la mayor parte de los países occidentales.

Estos países, los mayores consumidores de tierras raras, se encuentran ahora mismo en un callejón sin salida. Mientras los grandes líderes se citan en reuniones y se devanan los sesos para dar con una solución (y de vez en cuando miran de reojo hacia China con miedo), otros países intentan aprovecharse de la situación y postularse como la respuesta a todos los problemas: Afganistán, por ejemplo, ha dejado caer que ellos tienen unos yacimientos importantes de tierras raras y estarían encantados de ayudar al necesitado Primer Mundo. Pero, claro, eso sería pasar de depender de unos a otros.

El reportaje acaba con una gran interrogación. ¿Quién no está temblando ahora?

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