El futuro de la Inteligencia Artificial depende solo de nueve empresas

Big DataCienciaDatos y AlmacenamientoInnovaciónRegulaciónSupervisión

Puede ser el evento que cambie la historia de la humanidad pero su relevancia descansa sobre un grupo muy reducido de actores, apenas nueve empresas de las que depende el desarrollo, la consecución y, lo que es más importante, el adecuado manejo de la inteligencia artificial

En un artículo publicado en The Independent en 2014 el físico Stephen Hawking manifestaba que la creación de la inteligencia artificial (IA) podría ser el evento más grande de la historia de la humanidad, pero también podría ser el último si no aprendemos a evitar los riesgos.

Y es que disponer de ordenadores capaces de rivalizar en inteligencia (o incluso superar) a sus propios creadores puede suponer un inmenso avance para múltiples campos pero también puede venir acompañado de algunas amenazas, sin ir más lejos pensemos en el empleo de algoritmos capaces de tomar sus propias decisiones y que puedan profundizar en brechas sociales, culturales, políticas.. a base de aislar grupos, potenciar mensajes o silenciar minorías en medios de comunicación y redes sociales.

Aunque en el momento actual resulte incalculable el número de iniciativas y desarrollos relacionados con la IA son sólo unas pocas empresas (nueve) las encargadas en su base del desarrollo de esta tecnología, por tanto es este reducido grupo de actores el encargado de diseñar algoritmos que pueden ser o no sesgados, promoviendo con ello la generación de cercos o burbujas conceptuales en las que actúan y tienen efecto dichos algoritmos al ser aplicados al mundo real.

Las Nueve Grandes

Denominadas The Big Nine (Las Nueve Grandes), se trata de nueve gigantes tecnológicos que lideran la investigación sobre IA. Seis de ellas son estadounidenses: Amazon, Apple, Facebook, Google, IBM y Microsoft. Las tres restantes son chinas: Alibaba, Baidu y Tencent. Podemos pensar que detrás de sus esfuerzos en la investigación y el avance en el desarrollo de la IA se encuentra una mezcla de altruismo por estar colaborando en algo que supondría un cambio histórico en la humanidad, enlazado con los evidentes intereses comerciales inherentes a estas grandes empresas.

Desde la mejora en la comprensión de las enfermedades, la gestión de catástrofes o epidemias como las que vivimos en la actualidad a la corrección del cambio climático o la mejora en la gestión industrial, incluso impartir justicia de manera más equitativa y prescindiendo del error humano y de los sesgos sociales, la IA podría traer indudables y numerosas mejoras a nuestra vida como individuos y como especie. Pero también parece razonable pensar que estas grandes empresas no viven del aire y querrán obtener beneficio económico de todo lo que consiga la IA: conocer mejor los deseos y necesidades del cliente potencial, saber cómo mejorar la influencia en el consumidor para dirigir su proceso de toma de decisiones y orientar la demanda hacia lo que la marca quiere venderle… las posibilidades son casi infinitas.

El problema de que sea un grupo tan reducido de actores quienes lideran la investigación y el desarrollo de la IA es que existe poca diversidad en el sentido de que todas son grandes empresas tecnológica centradas en productos y servicios de un sector muy concreto, lo que podría provocar que caigan en sesgos que se trasladen a sistemas de creencias y comportamiento cerrados, limitados, con una visión de conjunto estrecha, fruto del trabajo de ingenieros, matemáticos y programadores, dejando fuera la perspectiva de antropólogos, filósofos o especialistas en ética.

Esto añadiría esa escasez de variedad al panorama: pocas empresas, pertenecientes a sectores afines y desarrollando todas una respuesta a la IA con personal procedente de campos muy concretos del pensamiento, la ciencia y la tecnología. Y todo ello mientras en una retroalimentación de intereses cruzados, esas potentes empresas tecnológicas buscan la obtención rápida de resultados para responder con beneficios comerciales a los inversores que esperan un retorno a lo invertido en tan ambicioso y prometedor empeño, con lo que, como sucede en otros campos, no se dispone del tiempo suficiente para verificar los posibles efectos negativos de alcanzar el objetivo.

Mientras tanto, en China…

Otro apartado sería lo que sucede en Oriente, donde más allá del afán comercial existe el interés por parte del Estado por consolidar su poder sin tener que responder a filtros o controles. De hecho hay que tener en cuenta el factor añadido de que en China es el propio Gobierno quien controla a las tres empresas  que lideran el desarrollo de la IA (Alibaba, Baidu, Tencent), estando obligadas a ceder a las autoridades los datos obtenidos en sus procesos, siendo estos usados como en un episodio de la serie televisiva Black Mirror para establecer un sistema de puntuación social en función de la conducta de los ciudadanos para incentivar un comportamiento adecuado a lo que el Gobierno considere aceptable, derivándose de dicha puntuación el poder acceder a determinados servicios.

Con matices, pero la IA desarrollada por las empresas privadas multinacionales estadounindenses podría gravitar hacia un modelo similar al de China, con un tipo distinto de control y segregación derivado del amplio conocimiento sobre, en este caso, no los súbditos de un país sino de los usuarios de una aplicación, un ecosistema o simplemente la ciudadanía, que vería limitadas algunas de sus acciones de ocio, transacciones comerciales y profesionales, interacciones sociales (virtuales y presenciales)…

Posibles escenarios futuros

En su libro The Big Nine, Amy Webb, escritora y fundadora del Future Today Institute, establece distintos escenarios, unos optimistas, otros pesimistas, sobre la repercusión de la IA y su desarrollo, al tiempo que plantea la necesidad de contar con un organismo de supervisión denominado GAIA (Global Alliance on Intelligence Augmentation, Alianza Global para la Inteligencia Amentada) que incorporase a investigadores, sociólogos, economistas, políticos, científicos… de diversos países, representando la diversidad de género, raza, religión…

Sería una institución que cooperaría con esas Nueve Grandes para desarrollar “un contrato social con Las Nueve Grandes basado en la confianza y la colaboración”. Este sería el escenario optimista con los ciudadanos beneficiados por la transparencia y los protocolos acordados. A partir de ahí elabora otro escenarios más pesimistas en los que el desarrollo de la AI continúa al margen de la supervisión y el acuerdo con la sociedad, lo que podría conducirnos a esa perspectiva poco halagüeña que vaticinaba Stephen Hawking.