Estas son mis señas de identidad, pero si no te gustan…

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Instagram es la última de una serie de compañías tecnológicas en renunciar a características intrínsecas a su negocio por demanda popular o ventaja competitiva.

Todo está sujeto al cambio. Quienes tienen capacidad de decisión intentarán reconducir un desarrollo si no cosechan el éxito deseado y, asimismo, en ocasiones llegarán a sorprender con modificaciones a pesar del triunfo. Nada es permanente. Incluso cuando la innovación tecnológica supera la fase de pruebas y se convierte en un producto popular, las características que habían diferenciado su propuesta de otras alternativas ya presentes en el mercado pueden acabar expirando. El dilema está ahí. ¿Qué pesa más: los ideales o el dinero? La renuncia a las señas de identidad no resulta extraña si de por medio hay posibilidad de mejorar el rendimiento económico de un negocio.

El cambio es algo que hemos visto más de una vez, sin ir más lejos en uno de los anuncios más recientes que ha realizado Instagram. Esta plataforma que con el tiempo se ha convertido en propiedad de Facebook permitía desde sus orígenes compartir imágenes en formato cuadrado, con o sin la aplicación de filtros capaces de otorgarle cierto aire vintage a la estampa final. Los filtros siguen ahí. De hecho, cada vez son más abundantes. Pero las imágenes ya no tienen por qué medir lo mismo de alto que de ancho. Con la actualización de las aplicaciones para iOS y Android, los fotógrafos que integran su comunidad tendrán ahora la opción de elegir entre dos modos adicionales de composición, uno vertical y otro horizontal.

Las consecuencias son evidentes. A pesar de que las proporciones dentro del álbum siguen iguales, al pinchar sobre ellas, se muestran las imágenes apaisadas con mayor contenido. Ese nuevo yo se reproduce en el feed. Se pierde en personalidad pero se gana en espacio, ya sea para incluir a grupos de personas, para retratar paisajes en todo su esplendor… o para explotar campañas publicitarias. El cambio de parecer se ha aplicado tanto a fotografías como a vídeos y, en la práctica, responde a una demanda sostenida de sus usuarios. A pesar de que Instagram se había resistido a introducir nuevas orientaciones de manera oficial, casi una quinta parte de sus publicaciones ya no respetaba la forma cuadrada.

Más allá de Instagram

La propia Facebook es conocida por sus rediseños continuos, que en su día acabaron incluso con el despiece de su red social tras convertir a Messenger en una aplicación independiente. Esta herramienta de comunicación tenía que ser descargada para poder conversar de manera privada por dicha red. Y este verano ha aligerado en parte sus requisitos, permitiendo registrarse sin tener una cuenta de Facebook. No importa cuánto tiempo se lleve guardando una promesa, o cuanto menos aplicando una pauta de comportamiento, en la industria tech. Algunas empresas han alterado su discurso de la noche a la mañana después de pasarse años funcionando de una manera específica, y el mundo ha seguido girando.

Es el ejemplo de WhatsApp, otra solución de mensajería instantánea que pertenece a Facebook y dejó de ser sólo móvil a principios de 2015 para anunciar la disponibilidad de WhatsApp Web. Su llegada al ordenador, aunque como extensión de lo ya existente y con ciertas limitaciones, se trataba de un lanzamiento esperado por los usuarios multidispositivo que parecía que nunca llegaría. La expectación fue tal que los ciberdelincuentes lo usaron como reclamo en sus estafas. En la actualidad funciona en combinación con Android, iOS, Windows Phone, BlackBerry, Nokia S40, Nokia S60 y varios navegadores, lo que le permite aproximarse a rivales tipo LINE, WeChat, Viber o hasta Skype. Aunque hay que recordar que a WhatsApp no le iba nada mal en adeptos, ni mucho menos. En enero, con su técnica habitual, ya eran 700 millones activos.

Otros casos son los de Foursquare, que hace un año arriesgó con su división en dos aplicaciones diferentes. Por una parte mantuvo Foursquare para recomendaciones, críticas y búsqueda de locales. Y por otro lado se llevó la función de “check-in”, que era un rasgo básico de su identidad, a Swarm. Hace poco Swarm recuperaba asimismo las clasificaciones de líderes y las alcaldías que animan su ofrecimiento como servicio donde interactuar con amigos por diferentes puntos del mapa mundial. La transformación de Foursquare recabó reproches, pero pasado el susto inicial a sus responsables le sirve para descubrir lugares a través de experiencias personalizadas. Y para aportar una estrategia de monetización.

Con Windows 8, Microsoft abandonó el menú de Inicio tan característico de su sistema operativo, algo que Windows 10 ha repuesto mezclando la lista de programas más usados con una serie de Live Tiles. Google, por cambiar, ha cambiado de logo y hasta de estructura en cuestión de unas pocas semanas. Lo primero le permitirá a la compañía de Mountain View, entre otras cosas, señalar si Google está funcionando y cómo lo hace. Lo segundo debería ayudarle a seguir innovando dentro de Alphabet sin toparse con barreras y burocracias. En vez de obligar para siempre a sus usuarios a mantener la pantalla pulsada con su dedo para ver contenido, Snapchat ya los liberó. Además, ahora está apostando con Discover por historias editoriales con fecha de caducidad menos inmediata.

En el capítulo de empresas que van dejando a un lado algunas de sus particularidades, no nos podemos olvidar de la red microblogging Twitter. En ella no todo son charlas públicas. Los tuiteros son capaces de chatear a través de los Mensajes Directos, en los que a partir del 12 de agosto es posible hablar y hablar… y hablar. No hay topes. Nada de 140 caracteres como máximo. El intercambio de palabras se puede prolongar tanto como los participantes deseen, lo que abre las puertas a que las marcas den un servicio mejorado de atención al cliente. ¿Qué será lo próximo? ¿Peligran los límites de los tuits?

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